
Con la mirada distraída y la transpiración mutua enredada entre las sábanas, dijo que no necesitaba escuchar cada día sentimientos que no sabrían quedarse entre ellos. No condicionaba la amistada compromiso alguno, así que no era precisodejarse la vida en convencerla. No hacían falta palabras,ni promesas en el aire.Tampoco afanes protectores,ni esfuerzos para darle una dimensión moral a sus encuentros. Sólo deseaba quedarse en un rincón de sus sentimientos, para que la semilla floreciese en una primavera eterna de afecto sincero: Habitar un rato en sus ojos para tener tardes como aquella, liberando los deseos y que se batiesen en duelo, jugando con las manos bajo la colcha de cuadros. Quería saber que lo tendría como amigo sincero, leal e insobornable, siempre que hiciera falta...Y que estaría ahí, dibujando con los dedos su mirada ansiosa,esbozando su siluetacon una caricia larga, buscando pasiones nuevas, instintos renovadosen cada roce, con cada gesto. Sólo pediría amorcuando abriese la piela sus labios y se atrevieran con todo: Probar, acariciar, lamer, hablar...Y también reírse como niños, igual que ahora mismo, mientras ella meditaba en voz altacon la mirada perdida, y él acariciaba con ternura su cabello enredado. Así podría quererlo como ella y él se merecían. Amistad bella como el arte, libre para quedarse en la trinchera de sus vidas,porque siempre habría una tregua para verse, sentirse,y abrirle una brecha a la ilusión sin que se enreden los argumentos virtuosamente impecables: Amigos y cómplices, en suma, para hacerle guiños a la vida.
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